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 Corazón de Jesús, corazón del sacerdote

Homilía en la celebración de clausura del Año Sacerdotal. Basílica del Sagrado Corazón.

10 de junio de 2010.

 

 

El Año Sacerdotal, convocado providencialmente por el Santo Padre Benedicto XVI, ha llegado a su fin. Es muy significativo que como mojón espiritual para fijar sus lindes se haya elegido la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Hace poco más de medio siglo, Pío XII, en su encíclica Haurietis aquas, decía: Cristo destinó su corazón como signo y garantía de la misericordia y de la gracia para las necesidades de la Iglesia en nuestros días. Prolongando ese pensamiento podemos glosarlo así: para las necesidades de aquellos días y también para las necesidades de hoy. Entre éstas descuella, como ha señalado el Papa Benedicto, promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo. El período que hoy concluye ha sido un tiempo de gracia, comparable por analogía con los jubileos y con la institución anual de la cuaresma; quiera Dios que la Iglesia haya sabido beneficiarse de esa promulgación de misericordia. Ojalá nosotros mismos, sacerdotes y fieles, hayamos recogido el llamado y respondido a él con diligencia, en favor nuestro y para enriquecimiento de todo el Cuerpo eclesial. En esta celebración encomendamos los frutos del Año Sacerdotal al amor del Corazón de Cristo, hoguera ardiente de caridad.

 

El símbolo del corazón designa el centro y la profundidad del ser humano, expresa en su intimidad la unidad de la persona y la mutua pertenencia del cuerpo y el alma; es el ámbito recóndito de la receptividad y la fuente de la que brota la espontaneidad en la que el hombre se manifiesta como es. El Corazón de Jesús representa en una sola imagen los misterios de la Encarnación y de la Pascua; en él se revela el Corazón de Dios, el amor eucarístico de la Trinidad. En la humanidad santísima de Jesús aprendemos cómo es Dios, que se ha inclinado hacia nosotros, que ha condescendido generosamente hasta nuestra pequeñez. En el Corazón del Hijo eterno hecho hombre Dios se ha puesto de nuestro lado; en un proceso admirable de sustitución ha ocupado nuestro lugar; ha mostrado su majestad en la obediencia, su justicia en la misericordia, su gloria en la sangre del Traspasado. El Corazón de Cristo es asimismo el corazón del mundo, de la humanidad toda, porque asume la historia de los hombres, en comunión con su dolor y con su culpa para disolver en su inocencia nuestros pecados.  Su mediación es descendente y ascendente; en Cristo, Dios llega hasta nosotros, y nosotros nos orientamos, marchamos, subimos hacia él. Por eso él, su mediación, su Corazón, constituyen el fundamento último de nuestra confianza; lo que no puede alcanzar nuestra poca fe, nuestro menguado amor, está a nuestra disposición en el Corazón del Señor. Franz Hengsbach resumió en esta fórmula ingenua el secreto del Corazón: En Jesús, Dios mismo tiene un corazón para los hombres y en Jesús tiene la humanidad su corazón para Dios.

 

El ciclo de lecturas que corresponde proclamar y meditar este año nos propone, en la liturgia de la solemnidad, textos bíblicos que se refieren a Cristo como pastor; esta perspectiva nos acerca a la contemplación de su corazón sacerdotal.

 

En el medio oriente antiguo la imagen del pastor era aplicada para caracterizar a los dioses y a los reyes, que eran considerados sus lugartenientes. En el Antiguo Testamento, tanto el rey pagano Ciro, que ejecuta los designios de Yahweh, como David, el rey prototípico de Israel, son presentados como pastores del pueblo. La profecía de Ezequiel que hemos escuchado anuncia la decisión de Dios de desplazar a los dirigentes de Israel que, como mercenarios, han buscado su propio interés y han abandonado a las ovejas que les fueron confiadas. Yo mismo apacentaré a mis ovejas (Ez. 34, 15), dice el Señor; en su sentido inmediato, esta proclama se refiere al retorno del pueblo del exilio, conducido por su Dios, pero es también un anuncio velado del Mesías: en Cristo, precisamente, y de modo definitivo, Dios se manifestó como pastor de su pueblo, un pueblo renovado, ampliado como rebaño universal en la catolicidad de la Iglesia. Nosotros cantamos con frecuencia el Salmo 22, y cuando decimos el Señor es mi Pastor alabamos a Cristo con ese título entrañable y reconocemos, en la mesa que nos prepara y en el óleo con que unge nuestra cabeza, los sacramentos cristianos. La parábola evangélica de la oveja perdida y recobrada representa el cumplimiento de la profecía de Ezequiel: buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada, vendaré a la herida y sanaré a la enferma (Ez. 34, 16). También ilustra simbólicamente el misterio de la redención obrada por el Buen Pastor que entregó su vida por el rebaño y así nos descubrió el amor del Corazón de Dios. San Pablo lo ha expresado en términos teológicos: la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Rom. 5, 8); en esta afirmación está el fundamento de nuestra esperanza y de nuestra alegría.

 

Del Corazón de Cristo se aprende y se recibe la caridad pastoral, que es el modo propiamente sacerdotal de vivir la primacía y centralidad del amor, a Dios y a las almas. No se puede amar a las almas cuyo cuidado se nos encomienda con auténtica caridad pastoral si ésta no se enciende y aquilata de continuo en la fuente ígnea, abrasadora, del Corazón del Señor; en él se modela el corazón sacerdotal. En los comienzos de esta devoción que actualmente ejercitamos como un culto litúrgico solemne, las místicas benedictinas Lutgarda y Gertrudis experimentaron el intercambio de corazones con el Señor. Una realidad espiritual análoga puede verificarse en la vida del sacerdote que aspira a representar auténticamente al Buen Pastor; no es una meta inalcanzable, sino más bien la cima ideal a la que debemos aspirar, en el trance laborioso de una continua purificación, para llegar a ser plenamente lo que somos por la consagración recibida y por la misión que nos empeña y obliga. En el ejercicio abnegado, veraz, del ministerio entregamos nuestro corazón al Señor para recibir el suyo, para tener sus mismos sentimientos, para amar con su amor al Padre y a los hombres. Como repetía con frecuencia el Cura de Ars, el sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús.

 

El Año Sacerdotal, convocado para conmemorar el 150º aniversario del dies natalis de San Juan María Vianney tuvo por objetivo principal renovar en los sacerdotes la conciencia de su propia identidad, de su vocación de santidad, y mover a los fieles todos a rezar por la fidelidad de los ministros de la Iglesia y para que el Señor no deje de suscitar los pastores que ella necesita. Esta propuesta ha sido una apuesta de esperanza, un gesto confiado de invocación al Espíritu Santo, la fuerza divina capaz de renovar la faz de la tierra; ha sido una apelación al orden sobrenatural que rige la vida de la Iglesia y otorga sentido en ella al ministerio de los sacerdotes y al estado de vida que eligen en el seguimiento de Jesús. El mundo –en el sentido evangélico del término– no puede entender estas realidades católicas; no las acepta, más bien las detesta. Comprobamos continuamente esa incomprensión y la consiguiente hostilidad. Vale al respecto lo que, según San Juan, Jesús dijo a los discípulos en la Última Cena: Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia (Jn. 15, 18 s.). A la luz de estas palabras se puede advertir la gravedad fatal, la tragedia, de una posible mundanización del sacerdote para reubicarse en un contexto cultural que no le confiere un lugar espectable si no se amolda a él. La tentación puede insinuarse también bajo la cobertura de propósitos aparentemente razonables, de intentos de renovación teológica y pastoral, de inquietudes misioneras o sociales. En las últimas décadas la Iglesia padeció las consecuencias destructivas de una interpretación del Concilio Vaticano II inspirada –como lo ha explicado Benedicto XVI– en una hermenéutica de la discontinuidad y la ruptura con la gran tradición eclesial. En nombre de un supuesto espíritu del Concilio se ha querido “desclerificar” al sacerdote; al usar este neologismo u otro semejante se olvidaba que clero significa herencia del Señor y que connota una distinción respecto de las realidades mundanas y la consagración a Dios para el servicio de la obra de la redención. El Concilio enunciaba nítidamente la peculiar posición del sacerdote: los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y ordenación, son en realidad segregados en cierto modo en el seno del pueblo de Dios; pero no para estar separados ni del pueblo mismo ni de hombre alguno, sino para consagrarse totalmente a la obra para la que el Señor los llama… Su propio ministerio exige por título especial que no se configuren con el mundo (Presbyterorum ordinis, 3).

 

La identidad ontológica, teologal, del sacerdote se refleja en un estado de vida en el cual se abrazan aquellas exigencias espirituales propias del seguimiento de Cristo que son las notas características del discipulado: la obediencia, la castidad y la pobreza. El Concilio las expuso ampliamente en su momento, al tratar del ministerio y la vida de los presbíteros, como signos y estímulos de la caridad pastoral, y Benedicto XVI las propuso al iniciar el Año Sacerdotal mostrando el ejemplo transparente del Cura de Ars, que supo vivir los “consejos evangélicos” de acuerdo con su condición de presbítero. Su obediencia, según explica el Papa, quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio; su castidad era la que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles; su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la “Providence”, sus familias más necesitadas. Desde siempre, esa tríada evangélica fue el honor, el esplendor de los sacerdotes santos, testimonio de su pertenencia al clero, a la herencia del Señor y la señal anticipada del galardón que les estaba destinado. En una de sus conmovedoras plegarias, Santa Catalina de Siena oraba así: Te pido que endereces a ti el corazón y la voluntad de los ministros de la santa Iglesia, tu Esposa, para que te sigan, Cordero inmolado, pobre, humilde y manso, por el camino de la santísima cruz, a tu modo, y no a su modo.

 

El Año Sacerdotal que hoy clausuramos ha sido seguramente un tiempo de Dios, de actuación secreta pero intensa de su gracia. Podemos arriesgar esta afirmación ponderando a contraluz cómo han arreciado en ese período los ataques contra el Papa, la Iglesia y el celibato sacerdotal. Sin embargo, conviene tener presente una frase deslizada por Benedicto XVI en su reciente viaje a Portugal, que parece un eco de las quejas que lanzaba en el siglo XIV la ardiente Catalina de Siena: la gran persecución de la Iglesia no viene de sus enemigos de afuera sino que nace del pecado dentro de la Iglesia. Podríamos añadir una precisión: sobre todo del pecado de sus sacerdotes, custodios de la Sangre que brota del Corazón del Señor. A este propósito cito otras expresiones del Santo Padre: Hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesiamisma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes.

 

Nosotros deseamos sobre todo, en estas vísperas de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, renovar también el reconocimiento gozoso del don de Dios, que hemos recibido por el llamado y la ordenación sacerdotal. No se nos oculta que llevamos ese tesoro en recipientes de barro (2. Cor. 4, 7) y por eso queremos renovar también nuestro propósito de fidelidad apoyándonos en la fidelidad del Señor. Nos anima el ejemplo y la intercesión de los santos pastores, cuyo número crece continuamente al ritmo de las beatificaciones y canonizaciones. Pero para este presbiterio platense constituye asimismo un estímulo el recuerdo de muchos sacerdotes que nos han precedido ejemplarmente en el ejercicio del ministerio. Evoquemos ante todo a tres religiosos que han dejado aquí fragancia de santidad: el capuchino Antonio de Monterosso, el salesiano Felipe Salvetti y el teatino Antonio Sagrera y luego a miembros de nuestro clero que, más lejanos o más cercanos en el tiempo, se han destacado en diversos campos pastorales: Rasore, Guerra, Alumni, Iturralde, de Andreis, Cabo Montilla, Borla, Ciao, Trotta, Dardi, Lodigiani, Ruta, Izurieta. Seguramente se podría nombrar a muchos otros. Este recuerdo nos entusiasma y fortalece para continuar procurando nuestra santificación en el servicio del pueblo de Dios, del sacerdocio común de los fieles. El Santo Cura de Ars rezaba así al comenzar su misión: Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida. Palabras éstas que brotaban de un corazón arrebatado por la ternura de la salvación que recibía y cultivaba en la intimidad del Corazón del Salvador. Pidámosle al Señor que podamos atrevernos también nosotros a pronunciar verazmente palabras semejantes, que alcancemos a identificarnos con los designios salvíficos de su Corazón y que en su cumplimiento gastemos gozosamente nuestra vida.

 

 

+ HÉCTOR AGUER

Arzobispo de La Plata